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Escuchando Amy Winehouse de fondo y bastante alto, me pongo a escribir esta nota que me tiene las ideas revueltas.

Hace varias semanas vengo notando un sentimiento de “HARTA” en todos lados. No sé si me explico bien, pero al decir “HARTA” me refiero a cansada, agotada, fastidiosa, y hasta libre de decirlo en un tono rozando el grito.

Teniendo conversaciones con compañeras y amigas, leyendo notas, twitts o posteos en Facebook y libros feministas, entiendo que cada día se vuelve más complicado entablar una relación; mejor dicho, un vínculo. Tampoco vengo a explicar como para mí se construye un vínculo ni mucho menos.

Esta nota de opinión surge de la duda existencial  entre llantos y llamadas desesperadas a la  psicóloga con el interrogante sobre cómo sostener un vínculo. Cuando hablo de vínculo me refiero al sexual.

¿Qué es lo difícil de mantener una relación sexual sin tener que pasar por los momentos en los que te sentís un pedazo de carne?

¿Cuál es la dificultad inmensa de entender que tener sexo no es querer casamiento?

¿Cómo hay que explicar que un abrazo durante el sexo o un beso mientras te vas a dormir con tu compañerx no implica compromiso monógamo o algo relacionado con la prohibición y la obligación?

Todas estas cuestiones están a flor de piel dentro de muchos espacios, incluyéndome. Yo me pregunto, ¿Es muy difícil coger con una feminista?

O ¿Cuál es el miedo de coger con amor sin compromiso? ¿El sexo no es una cuota de afecto?

Últimamente me encuentro en situaciones en las que con las personas que entablo relaciones sexo-afectivas se genera un momento en el que nace una espacie de tensión en la que algunx de lxs dos no entiende algo.

Dentro del sexo feminista, nuevo y revolucionario -de sábanas y relaciones- hallamos los límites desdibujados. Percibo que hay un miedo y una confusión que se nos entromete dentro de los gemidos y los abrazos durante el sexo. El miedo a querer o de confundir, el miedo a dar más calor del esperado, el miedo a un beso con un poquito más de energía que los besos únicamente sexuales –como si existiera algo tan excluyente -. Un miedo como si el afecto dentro del sexo fuese negativo y arruinaría los encuentros sexuales. Un miedo incomodo, que limita y deshabilita a la libertad del otrx. Ese miedo que invade el orgasmo y el sueño luego de que nuestros cuerpos se hayan enredado por horas. Ése miedo que prohíbe o trata de que no exista un desayuno con connotaciones que nos hagan acordar a escenas románticas de una película donde el amor es sinónimo de sufrimiento. Surge ese miedo a que toda esa estructura única y exclusivamente sexual se rompa, se caiga y no quede otra que evitar a esa persona.

Para su trato e información; a mí me gusta que me traten bien. Me gustan los abrazos y los besos. Me angustio si me acuesto con alguien que no reconoce mi cuerpo. Me duele el pecho después de estar con una persona que limita mis acciones, luego de estar luchando constantemente por romper esos frenos a vivir, prácticamente.

Quiero que me trates bien durante el sexo porque no me voy a confundir. No confunde un beso, un abrazo, una caricia o una suavidad. No confunde un café a la mañana con tostadas o un mate compartido. No confunde que me tapes mientras duermo ni que compartamos un vino por semana. No confunde tus besos en la boca o los mimos vestidos. No confunde un té caliente en la madrugada de invierno. No confunde una canción compartida o una guitarra sonando entre medio de lxs dxs.

¿Qué es lo difícil de dar amor –eliminando todo lo imaginario, diría Castoriadis, con respecto al amor romántico- y tener sexo a la misma vez? (Obviamente que estos cuestionamientos son en base a una relación de dos o cualquier cantidad de personas que no establecen una relación “formal” de fidelidad o compromiso)

Lo que confunde es otra cosa. Lo que confunde es la falta de honestidad, la incoherencia. La falta de claridad y el miedo. A mí me confunde que no hablen, que no digan, que sean indiferentes. Me confunde no saber; me confunde no saber(te). Me confunden los besos fríos y la falta de abrazos. Me confunden los besos en el cachete luego de haberte besado 10 minutos atrás. Me confunde le despersonalización. Me confunde la falta de tacto y la piel que no se eriza.

Entonces, entendamos que el buen trato y el respeto no se excluyen del sexo. Entendamos que nos estamos cogiendo a personas atravesadas por una revolución sexo-afectiva que nos hace mover la sangre a un ritmo inesperado. Entendamos que no me confunde tu abrazo, sino la falta de tal. Entendamos que tu mensaje no me importa si no nos vamos a tocar. Entendamos que no tenes que actuar para verme.

Con el correr de los días se torna cada vez más difícil comprender qué carajo le pasa al(a) otrx. ¿Qué piensa? ¿Qué siente?

La cabeza se te llena de preguntas sin sentido ni respuestas, de cuestionamientos insólitos y de ideas contaminadoras. A través de esto, me sigo cuestionando: ¿Qué pasa?

¿Qué pasa entre nosotrxs que generamos sufrimiento, padecimiento, enrosque o desinformación? ¿Cuál es el drama de besar a alguien sin querer comprometerte? ¿Cuál es el gran problema  de comprender otro tipo de relación más allá de la monógama?

El sistema capitalista y sus ganas de consumirnos también nos invaden en nuestra idea de amor que venimos generando y –casualmente- consumiendo. No es casualidad que creamos en la pérdida ante la situación de la idea de elegir a alguien; no es casualidad creer que un abrazo es símbolo de renuncia a otra persona. No creamos que sea inocente la idea de creer que una pareja será para toda la vida; o por el contrario, que si no es así será una relación frustrada.

Estamos acá para consumirnos, ¿no? Sí, pero consumémonos de una manera sana y libre, mutua y sin prohibiciones o frenos inútiles llenos de miedo. Cambiemos la manera de ver al (a) otrx, de tocarlx, de besarlx.

Encontremos la manera más honesta de construir un vínculo sin excluir. Eliminemos lo binario e incorporemos las múltiples maneras de crear afecto y mutar en ello.

Hoy, cuestionando las maneras de relacionarnos, me ahogo en un océano de preguntas que únicamente las responderé eliminando los miedos que genera una relación sexo-afectiva con los limites desdibujados que trazan la línea gruesa y clara del miedo a todo.

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