Quien Quiera Oír que Oiga
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Con el exitoso avance del movimiento feminista la vida cotidiana ha tomado diferentes caminos de conducción. La sexualidad, el trato, las relaciones socio-afectivas, las amistades, las parejas, las prioridades y la información. Debido a la gran ola de liberación sexual que promueve y nos otorga el feminismo, se generaron nuevos conceptos, maneras de ver conductas, formas de actuar y de relacionarnos.

La sexualidad tomó un giro revolucionario, libertador y placentero. A las mujeres no se nos permitía tener una vida sexual activa, principalmente, porque eras una puta y ser una puta está mal. Ni hablar de la masturbación. No podíamos estar con más de uno ni comentar que nos gustaban dos o tres hombres. No podíamos admitir que nos encantaba coger o que simplemente, se nos despertaban ganas. Nada de andar buscando sexo con un tipo, de pedirle vos el número de teléfono al que te gusta o de invitarlo a salir. Si salíamos con uno, que sea oficial, pero que ni se te ocurra tener sexo con él la primera noche porque “no te valoras”. El tipo que no te daba bola después de coger era porque “no te hiciste desear lo suficiente”. El que encima después de aguantarte meses sin sexo -porque realmente creíste que tu valor como mujer (y persona) es acorde al nivel sexual que manejas-,  te deja al día siguiente de tener sexo, también era tu responsabilidad porque seguramente te hiciste mucho la histeriquita y lo cansaste.

“No existe la masturbación femenina, les da vergüenza. ¿Ustedes no se tocan, no? Amigo, las minas no se hacen la paja. No es usual. La tipa que se masturba es tremenda puta”.

Los comentarios de conocidxs acerca de la masturbación femenina son un poco de eso. Pero sin embargo, dentro de los 10 a los 15 años es una etapa para los pibes de pura masturbación. Jamás se ocultó ni se condenó a ningún chico por “hacerse una paja”.

¿Y a nosotras? ¡Que ni se nos ocurra! No nos da vergüenza masturbarnos, solamente que no nos contaron que existía. No nos mostraron, no nos contaron y no nos dejaron. Descubrir el propio cuerpo es entender que una es dueña, es encontrar nuestros gustos. Es vincularse con una misma. Por eso, que a medida que una se conecta con su cuerpo, se conecta con otros. Si no sabes dónde te gusta, el tipo menos –más allá de que jamás hubo ni hay información sobre el clítoris y el placer sexual femenino-. El feminismo es eso, es masturbación, es descubrimiento, es probar, es rechazar y parar. Es avanzar.

“No te pongas esa pollera ¿qué van a pensar de vos? ¿Así la dejas salir? ¿Cómo no queres que quieran solo coger con vos si estás con ese escote? Vestite mejor que a los hombres nos gustan las minas femeninas. Usa tacos, sos medio petisa. Pintate un poco más la cara, pareces enferma. ¿Te parece tomar del pico? Queda mal que las mujeres fumen. No subas esas fotos, es re de puta. Mira a esa trola, se quiere comer a mi novio. Las minas manejan para el orto. ¿Cómo te vas a casar si no sabes cocinar? ¿Cuándo vas a ser mamá? Se te pasa el arroz eh…”.

Una vida llena de restricciones, de odio, de prohibiciones, de condicionamientos, de trabas, de retos, de exclusión y de órdenes. Una vida llena de hace, limpiá, cociná, parí, no comas esto, come lo otro, ni mucho ni poco, ni muy extrovertida ni tan timida, hacete desear pero no tanto, se afectiva pero con calma así no lo asustas, hace deporte, mantente flaca, aprende a cocinar, se dulce, no te enojes, no levantes la voz, baja la cabeza.

Órdenes.

Hace varios años que llegaron las rebeldes para patear ese tablero de instrucciones de cómo ser una buena mujer. Perdieron todos y tomamos las reglas. Ahora, nosotras elegimos. Elegimos amarnos, elegimos subir fotos en tanga y con la cara lavada. Elegimos invitar a salir a quién nos gusta. Elegimos cortarle el rostro a un tipo que nos acosa. Elegimos ser poderosas y ser dueñas de nosotras mismas. Elegimos usar zapatillas y zapatos. Elegimos. Elegimos dejar de seguir tus órdenes.

 

Las redes sociales, consecuentemente, se ven afectadas. Contaminamos de feminismo todos los espacios posibles. Usamos Tinder, seducimos por instagram, le ponemos me gusta todos los que nos gustan, subimos fotos políticas y de nuestro cuerpo. Subimos los libros que leemos y el desorden de nuestra habitación. Subimos historias con una botella de birra o con copas de vino.  Subimos fotos escribiendo o bailando. Subimos fotos libres, sueltas, eróticas y tontas.

Hace años atrás (y meses también) la mirada social, familiar, y de tu mismo círculo condenaba toda actitud que tenías frente a las redes sociales que no estén acordes a lo que “se debería hacer”; en realidad, a lo que debería hacer una mujer. No genera el mismo impacto un pibe subiendo una foto en verano con el torso desnudo, que una mujer que pone una foto en corpiño –más allá de que la temperatura lo exige, hagan 5° o 35° nos condenan igual-. Hay una diferencia, sí. La diferencia de ayer a hoy, es que subimos lo que queremos. Antes, lo borrábamos. Nos sentíamos culpables, le temíamos al “que dirán”, al estar de boca en boca. Hoy, nos animamos un poquito más que ayer. Y mañana, más que hoy.

Por supuesto que nuestra exposición genera repercusión, furor, respuestas, lluvia de megustas, mensajes inesperados o no tanto o comentarios de amigas ventilando lo buena que estamos. Lo bueno y más maravilloso de todo esto, es que cada acción que llevamos a cabo, ya sea una publicación o usar determinada prenda de ropa, hoy entendemos que es para nosotras. Nos gustamos y si quiero subir una foto de mi boca pintada, lo hago. Lo hago porque me gusta a mí, y si le quiero gustar a alguien, también. Lo nuevo radica en que no es necesaria ni obligatoria que cada actitud que tengamos será dirigida a un tipo. Puede ser, o no. Podemos querer que nos mande un mensaje, podemos queres hacer ver lo linda que estamos. Podemos todo y sin problema.

El poder ya nos caracteriza fielmente. Lo revivieron. Recuperamos el poder para conquistar espacios que nos fueron robados. Y acá estamos, dispuestas a debatir todo. Dispuestas a no dar más explicaciones. Estamos acá para ser libres y dejar ser a la otra. Estamos acá, con el feminismo entre las manos, rodeándonos de sabiduría y fortaleza, para combatir y resistir. Para tener sexo y beber. Para invitar a salir y elegir no tener sexo. Para invitar a salir y tenerlo. Para tomar un vino en el sillón escuchando Gorillaz con tu compañero o para fumar un porro con la piba que siempre te gustó pero que no te animabas a darle. Estamos acá para la liberación y para la igualdad. Estamos acá para que tu cuerpo sea tuyo y el mío, mío.

Somos así, sexuales, sensuales, libres, cansadas, eróticas, frías, distantes, nerviosas, carismáticas, apáticas. Somos así, todo y nada que te importe a la vez. Somos nosotras, juntas, brujas.

Es inevitable negar que a medida que el tiempo corre notas que tus compañeras, amigas, colegas, familiares, están cada vez más efervescentes. Es esto y está pasando. La revolución de las Hijas y la juventud feminista. Somos una revolución sin condiciones, sin estereotipos, sin un jefe ni patrón que nos indique qué debemos hacer y qué no, sin una institución que nos prohíba de nuestro placer sexual, sin limitaciones de indumentaria, sin nada que nos moleste. Somos una revolución que crece, tiñe, despierta y consolida. Somos un magma de valores que se está cristalizando en un nuevo modelo actuar y entender a la otra o al otro.

La sexualidad nos gobierna en todo cuerpo. Como le gusta a decir a algunxs, tengo el placer entre las piernas y las tengo abiertas. Abiertas a mí, a mis manos, a tus manos y a quien yo quiera. Tengo el sexo en la punta de la lengua dispuesta a compartirlo o a quedármelo para mí. Tengo besos para repartir con desconocidxs o con amigxs. Tengo todo y se lo doy a quién quiero o me lo quedo.

 

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